Historias cortas (II). Robots, Aliens, Humanos.

Julio 20th, 2008

ROBOTS

El niño los observa con curiosidad. Parecen reales pero no lo son. No son como él. No son humanos. Es difícil apreciar la diferencia entre un humano y un robot. Pero el niño puede porque es el único ser humano de la Tierra. Que él sepa…

Su cabeza siempre ha funcionado a mil revoluciones por minuto. Su mundo interior siempre le ha parecido más apasionante que la cruda y fría realidad de los robots. Gente que aparentan ser personas normales y corrientes pero sin un ápice de humanidad en su mirada. El niño es un observador nato: lo mira y remira todo con carácter detectivesco. Como si en un movimiento, una mirada o gesto pudiese descubrir qué se esconde realmente tras esa carne artificial.

Los veía cada mañana de camino a la escuela: sus vecinos, otros niños acompañados de sus padres y abuelos, personas que iban a trabajar…todo era demasiado perfecto. Demasiado matemático. “La gente no se comporta así”, pensaba el niño. “Yo no me comporto así…”. Justo cuando salía del portal de casa siempre se encontraba al mismo vecino cuyo aliento apestaba a bar. Siempre aguantaba la puerta dejando al niño y a su madre pasar primero. Siempre. ¿Por qué siempre?

Los saludos de la gente le resultaban fríos, forzados. ¿Alguien les obligaba a decir “hola ¿Qué tal?”?. El niño pensaba que eso era muy triste, saludar y preguntar a alguien cómo está cuando realmente no te importa lo más mínimo, además, era un síntoma de mala educación. Robots mal educados, qué vergüenza.

Pero lo que más le preocupaban eran sus padres. 2 supuestas personas que nunca dormían. Cuando él se acostaba ellos seguían despiertos. Cuando por la mañana temprano se despertaba para ir al colegio su padre ya no estaba y su madre ya tenía preparado el desayuno. Muchas veces se había quedado despierto, en vela, con la esperanza de verlos durmiendo a pierna suelta. Pero la puerta de su habitación siempre estaba cerrada con llave. Era prisionero de una cárcel dirigida por robots: su propia habitación.

Si no fuese porque en casa tenían una perrita el niño se hubiese vuelto completamente loco. Una perrita que, a diferencia de la mayoría de seres del mundo, no era robot. Pero tampoco era humana. Era simple y llanamente un animal de la raza de los canes. Femenina, eso sí, muy femenina. De nombre Minnie en honor a la novia del hijo predilecto de Walt Disney, y cuyo corto y rizado pelo era negro como el carbón. Lo malo de ser un animal de compañía que no sale nunca de casa y que jamás se relaciona con otros animales de su especie es que te vuelves excesivamente violenta. Y eso fue lo que le pasó a Minnie.

El único contacto que tenía con seres de carne y hueso era con el niño. Una relación quid pro quo que no podía durar mucho. Y es que la excesiva violencia de la perrita al jugar con el chico llegó a hacerle daño más de una vez. Sus llantos no pasaron desapercibidos para sus artificales padres. Y estos, sin pesar ni alegría ninguna, se deshicieron de Minnie.

El chico no dejó de llorar en toda la noche.

Sus padres entraron en la habitación e intentaron tranquilizarle de la mejor forma que pueden tranquilizar unos padres sin alma, corazón ni sentimientos a un niño que acaba de perder a su mejor amiga. Pero el chico se sentía el ser más solo y desgraciado del universo.

Nunca se habían portado mal con él, nunca le habían levantado la mano ni tampoco le habían castigado sin ver sus dibujos preferidos. Tampoco le habían propinado reprimenda alguna en uno de sus múltiples intentos por descubrir qué había tras la piel artifical de sus padres. Pero sus abrazos eran fríos y distantes. Como si no le quisieran. Como si hubiese sido concebido un error, una tara dentro de la gélida perfección de los robots.

Y eso era lo que más le dolía.

Así que el niño decidió dejar de hablar, o por lo menos tanto como lo hacía antes. Las pocas veces que se comunicaba verbalemente lo hacía con monosílabos, la mayor parte del tiempo le bastaba con una mirada o con un movimiento de cabeza para asentir o disentir.

Sus padres, pese a ser robots sin alma, se dieron cuenta de que aquello no era normal. Un niño alegre y jovial que empezó a hablar antes que la mayoría y que lo solía hacer con entusiasmo y júbilo, de repente, se volvió apático y casi mudo. Así que pidieron una robocita con su robodoctor de cabecera. El Dr. Slump.

Vive en un mundo gobernado por inanimados robots. Y eso le aterroriza. Cada día que pasa se siente más solo y su voluntaria mudez no ayuda demasiado precisamente.
Al fin y al cabo
¿Qué sentido tiene vivir con gente incapaz de valorar un abrazo, una mirada, un silencio?

1001 formas de morir.

Julio 12th, 2008

Prólogo: La Muerte.

A la muerte le encanta su trabajo, pero si hay algo que le apasiona más que cercenar almas son las historias y, sobretodo, contarlas. Es una apasionada de los cuentos; la oratoria y los relatos son sus hobbies. Pero no siempre ha sido así. Al principio, cuando empezó en el fúnebre oficio que por imperativo universal le tocó ejercer, se preocupaba más bien poco por las leyendas que pudieran ser narradas. No fue hasta que pasó un tiempo y comenzó a vivir con menos pasión su trabajo de Parca cuando comenzó a interesarse por las historias, de cualquier tipo.

Y es que acabar con el último suspiro de vida de una persona tras otra, día tras día, año tras año, puede llegar a pasar de ser divertido y emocionante a lo rutinario o incluso exasperante. De este modo, La Muerte empezó a interesarse no sólo por la forma en la que morirían las víctimas de la vida si no, también, por cómo habían llegado al momento en que ella tenía que llevarlas al otro mundo. En otras palabras: Cuál había sido la historia de su vida. Empezó a cuestionarse cosas “¿De qué forma y por qué habían llegado hasta allí?” En algunos casos estaba bastante claro: la vejez nunca ha perdonado a nadie, las puñaladas por la espalada directas al corazón tampoco, menos aún, las guerras y los suicidios. Pero ¿Por qué la joven pelirroja de ojos azules acabó cortándose las venas y abriendo la llave del gas cuya explosión acabó, de paso, con la vida de algunos vecinos y vecinas que nada tenían que ver con sus problemas? ¿Qué impulsó al soldado a enrolarse en el ejército para luchar en batallas que no eran suyas y en las que, con toda probabilidad, acabaría cogiendo un tren directo hacia el otro barrio? ¿Un amigo puede llegar a traicionar a otro hasta el punto de arrancarle su propio corazón? Y lo que es más interesante ¿Cómo María Figueroa había conseguido llegar hasta tan avanzada edad sin perder un ápice de su bondad? (la nada desdeñable edad de 93 años)

En definitiva, todo el mundo tiene una historia, su historia. Todo el mundo. Y La Muerte, como testigo de excepción del fin de todas y cada una de ellas se interesó por sus respectivas biografías.

Era intrigante conocer el ocaso de todos pero no hay nada que pueda llegar a molestar más que te destripen el final de una película cuando ni siquiera has visto el principio ni el desarrollo de la misma. Si me dijesen que Darth Vader es el padre de Luke, que Deckard es un replicante, que Bruce Willis está muerto en el Sexto Sentido, que Charlton Heston no ha salido de su Manhattan natal por muchos monos que se encuentre por el camino, que Durden y Jack son la misma persona en el Club de la Lucha o que el malo de 7even le corta la cabeza a la mujer de Brad Pitt por envidía para que éste le asesine y complete así los 7 pecados capitales, sin tan siquiera haber visto el episodio IV de Star Wars, saber qué es un Blade Runner, los sorpresivos finales del excelente cine de Shyamalan, conocer “algo” de la perturbada mente de Chuck Palahniuk, o al ya no sólo prometedor tito Fincher…yo también me enfadaría o, como poco, me sentiría estafado.

Eso fue lo que hizo que La Muerte se replantease su trabajo. Había una cosa clara: Jamás podría interferir en los designios del Destino. Ella no era quién para decidir quién moría y quién seguiría viviendo en un descarrilamiento de trenes, naufragio de barcos o accidentes de avión en Islas desiertas movedizas. No podía cambiar el veneno por coca cola para que un justo Rey continuase viviendo y así evitar el reynado de su traidor descendiente. Tampoco hacer desaparecer a la manta que acabó con la vida del caza cocodrilos australiano…

No era juez ni parte. Sólo ejecutaba lo marcado por el Destino.

Aunque, a pesar de todo, a ella le gustaba seguir una máxima: Concluye donde quieras, con tal de que pongas buen final.

¿Sabes?

Julio 4th, 2008

- ¿Sabes ese consquilleo que aparece en la barriga cuando intuyes que algo bueno va a pasar?

- Sí. O cuando algo bueno está pasando…

- No lo decía en ese sentido…

- ;)

- Tengo muchas cosas por hacer, la cabeza hecha un lío, el corazón hecho trizas guardado en el congelador…pero vuelvo a sentir ese consquilleo en la barriga.

- ¿Seguro que no hablas en “ese” sentido?

- Seguro. ¿Y sabes que es lo mejor de todo?

- ¿Qué?

- Que vuelvo a escribir.

Dead or alive

Junio 9th, 2008


- Bon Jovi?
- Bon Jovi rocks…on occasion

I walk these streets, a loaded six string on my back
I play for keeps, cause I might not make it back
I been everywhere, still Im standing tall
Ive seen a million faces an Ive rocked them all

Im a cowboy, on a steel horse I ride
Im wanted dead or alive
Im a cowboy, I got the night on my side
Im wanted dead or alive
Wanted dead or alive

Iba a actualizar con un escrito corto que se me ocurrió hace tiempo pero por más que lo intento no logro encontrarlo en ninguno de los archivos de texto de mi pc. ¿Andandará? Ni idea. En cuanto lo encuentre, si lo encuentro, lo pongo. Va sobre monstruos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche

Mayo 22nd, 2008


Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.”

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como esta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche esta estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque este sea el ultimo dolor que ella me causa,
y estos sean los ultimos versos que yo le escribo.